TODO SOBRE LA INDUSTRIA DEL DEPORTE

lunes 27 julio 2026

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Lionel Scaloni

Líder natural

Más allá del resultado del domingo 29 de julio en la final, Lionel Scaloni ya marcó una huella profunda en el fútbol argentino. No por una copa, no por un partido. Por la forma.

En seis años transformó una Selección rota en un equipo. Y lo hizo sin micrófono, sin frases hechas, sin venderse. Con humildad, con equilibrio y con una idea fija: que la camiseta no se use para nada que no sea jugar al fútbol.

Scaloni llegó de interino y se quedó porque entendió algo que pocos entienden cuando les dan poder: que liderar es servir. No se puso por encima de nadie. Al contrario. Se puso al servicio de sus jugadores.

Fue el primero en decir «no lo sé todo» y por eso se rodeó de los mejores. De Ayala a Samuel, de Aimar a Tocalli. Escuchó, aprendió, delegó. Esa humildad le dio una autoridad que ningún grito en una conferencia le hubiera dado. Mantuvo siempre el mismo tono en la victoria y en la derrota. Ni eufórico, ni derrotado. Equilibrado. Y en un país tan pendular como Argentina, ese equilibrio se volvió refugio.

A diferencia de los liderazgos convencionales, basados en la autoridad, el grito y el ego, Scaloni eligió el liderazgo de servicio. No se puso al frente del equipo para que lo miren a él. Se puso un paso atrás para que brillen los demás. No necesitó marcar territorio porque su poder no venía del cargo, venía de la confianza que supo construir. Mientras otros técnicos se vuelven protagonistas, él entendió que el verdadero protagonista tenía que ser el grupo. Y en eso está la gran diferencia: no condujo desde arriba, condujo desde el lado. Con humildad, con escucha, y con la convicción de que un equipo fuerte, con jugadores figuras en sus equipos y millonarios no necesita un jefe, necesita un facilitador.

Lionel Scaloni

También blindó al grupo de la grieta. En tiempos donde todo se politiza, Scaloni no se prestó. No hizo declaraciones para la tribuna de un lado o del otro. Su única bandera fue la celeste y blanca. Y eso, en la Selección, es un acto político en sí mismo: devolverle la neutralidad al lugar donde todos nos encontramos.

Pero donde Scaloni fue realmente revolucionario fue en la conformación del equipo. Cortó con la lógica de los nombres. Le dio lugar al mérito. Citó al pibe de 20 que estaba rompiendo antes que a la figura que venía en baja. Y el mensaje fue clarísimo: acá no hay dueño del puesto. Acá te lo ganás todos los días.

Armó 26 titulares. No 11. El suplente número 25 festejaba un gol como si lo hubiera hecho él porque se sentía parte. Porque comían juntos, viajaban juntos, se bancaban juntos. Devolvió los asados, el mate, las familias en la concentración. Devolvió el grupo. Y cuando hay grupo, se corre por el de al lado. Se mete. Se banca 120 minutos con una pierna.

Su gran jugada fue sacarse de encima el peso y dárselo al equipo. Dejó de depender de Messi para que Messi pudiera ser el mejor Messi de la historia jugando para otros. Potenció sin opacar. Acompañó sin robar cámara.

Por eso, Scaloni ya ganó. Ya revitalizó lo más importante: la relación entre el jugador y la camiseta, entre el equipo y la gente.

Demostró que se puede ganar sin autoritarismo. Que se puede conducir sin ego. Que la humildad no es debilidad. Es la herramienta más poderosa que tiene un técnico.

Un tipo común hizo algo extraordinario: le devolvió el alma a la Selección Argentina.

Orlando Di Pino