La oportuna y tocante miniserie estrenada la semana pasada sobre la Selección Argentina y la Copa América que se ganó el año pasado en Brasil mostró a Lionel Messi tal cual lo querían ver millones de hinchas.
Resonante en su función de lider, su arenga en la previa de la final en el Maracaná tensó las cuerdas emocionales del país futbolero a quince días del debut en un Mundial de Qatar que se espera con expectativa acaso exagerada. El Messi que queremos, vibrante, comprometido y dispuesto a dar todo por los colores, aparece allí en todo su esplendor. Y desmiente años de críticas que escucharon y leyeron sobre un astro único con la pelota, pero ensimismado y distante. Incapaz de hacerse cargo de la Selección para llevarla de la mano rumbo a una gran consagración internacional.
Sin embargo, para poder hacer una gran Copa del Mundo, ese Messi es insuficiente. Argentina no llegará a estar entre los semifinalistas sólo por el hecho que motive, grite o insulte. El Messi que necesitamos para figurar entre los cuatro primeros y, mucho más, para ser campeones del mundo, no es el de las arengas emocionantes, sino el otro. El que aún con 35 años y más de tres lustros en el más alto nivel, sigue provocando asombros cada vez que juega y hace jugar. El supercrack que, con menos piernas, pero con más sabiduría que antes, es capaz de resolver los partidos con tres o cuatro pases de magia.
Daniel Guiñazú, publicado en Pagina 12 el 08-11-2022.-
